13 de agosto de 2020

Estos son los peligros de etiquetar a un niño

Estos son los peligros de etiquetar a un niño
Padre regañando a su hijo, hijo desafiante, etiquetar hijo. - FERTNIG / FERTNIG - ARCHIVO

MADRID, 13 Ago. (EDIZIONES) -

No debe estar normalizado el hablar mal a los niños, el gritarles, o ridiculizarles, por regla general. Sí que hay momentos puntuales en los que perdemos los nervios y se nos escapa un grito o una mala contestación. Pero por regla general esto no debe ser así: Los niños merecen tanto respeto como podemos merecer las personas adultas.

Así lo defiende Alberto Soler, psicólogo y máster en Psicología Clínica, con más de 15 años de experiencia en Psicoterapia, durante una entrevista con Infosalus con motivo de la publicación de 'Niños sin etiquetas' (Paidós), un manual que ha escrito con la doctora en Psicología Concepción Roger, y cuyo principal objetivo, según confiesa, es hacer reflexionar sobre la forma con la que nos relacionamos con la infancia, y señalar la importancia de mantener un trato amable, cálido y respetuoso con los niños; "algo que les ayudará a tener un desarrollo lo más feliz posible".

El empleo de las etiquetas en los menores es por desgracia algo bastante frecuente en nuestra sociedad y es que son bastante fáciles de poner, aunque luego "cuestan mucho quitarlas y al final los menores se acaban comportando como esa etiqueta que les hemos puesto": 'Qué vago es', 'es tímido', o 'es un desobediente', por ejemplo, son recursos que empleamos muy a menudo y deberíamos desterrar.

En concreto, explica que las etiquetas son un recurso que utiliza el cerebro para intentar simplificar la realidad del mundo tan complejo en el que vivimos, "son pequeños trucos para simplificar la realidad". "Las ponemos por economía mental. Nos cuesta mucho esfuerzo describir a las situaciones o objetos de manera racional y objetiva, y por eso recurrimos en muchos casos a las etiquetas. Es más fácil y rápido decir que un niño es vago o mal alumno, que el asumir que se trata de un menor que es bueno, pero que ha tenido un año complicado porque sus padres se han separado, por ejemplo, y no se ha podido centrar igual en los estudios", describe.

A su juicio, en sí no son malas las etiquetas, si bien advierte de que el problema viene cuando las dirigimos a personas con sentimientos o preocupaciones, como son los niños, y que no podemos tratar como a cualquier objeto o situación que etiquetamos con frecuencia. "La clave para identificar la etiqueta es si empelamos el verbo 'ser', ya que el problema que tiene este verbo es que habitualmente lo usamos para referirnos a atributos estables e inmutables, es decir, a cosas que no cambian", agrega el máster en Psicología Clínica.

Según insiste, es muy peligroso porque les transmitimos que son de esa manera y no van a cambiar, y al final se lo creen y se acaban comportando como esa etiqueta que se les ha puesto: "El peligro de las etiquetas es que son muy fáciles de poner, pero cuestan mucho quitarlas y luego al final, los niños se acaban comportando de acuerdo con las etiquetas que les hemos puesto".

EL MAYOR CONSEJO DE CRIANZA

Con todo ello, el director del Centro de Psicología para adultos y niños Alberto Soler afirma que el principal consejo de crianza que debe aportar a los padres es que traten bien a sus hijos: "Que les respeten como personas. Que no hagan con ellos lo que no les gustaría que hicieran consigo mismos. Son personas con derechos y necesidades y si algo no les gustaría que les dijeran o hicieran, que no lo hagan tampoco con sus hijos. El problema es que no les damos a los niños estos derechos y necesidades, sino que les damos un trato que es intolerable con los adultos, ¿por qué no con los niños?".

De hecho, lamenta que con mucha facilidad hacemos callar a un niño, cuando en un adulto no lo haríamos. "Usamos formas de describirles muy hirientes y dañinas. Necesitan ser escuchados, atendidos. Si fuéramos conscientes de que son personas pequeñas con derechos y necesidades más allá de las básicas, no sólo las necesidades básicas de comer y de dormir, porque también para los niños está el juego, el sentimiento de pertenencia, el sentirse escuchados y tenidos en cuenta. Si los consideramos así todo será más fácil", subraya el experto.

QUÉ HACER SI TU HIJO ES DESOBEDIENTE

El libro recoge entre otros temas, un capítulo sobre niños desobedientes. ¿Qué hacer en estos casos? Soler mantiene que, lo más probable, es que estos niños no sean desobedientes, si no que a veces desobecen, algo normal en los menores, y que hay que plantearse el por qué lo hacen. "A veces nos desobedecen porque lo que les pedimos no lo pueden hacer", advierte, y muchas veces los menores no tienen capacidad para ejercer sobre su conducta.

"Todos lo niños desobedecen y el problema es que los adultos consideramos la obediencia como demasiado importante en la educación, cuando debería ser quizá algo que se produce gracias a la confianza y a la colaboración entre padres e hijos. Si lo ponemos en un lugar tan central como lo hemos puesto conseguiremos que sean niños pasivos, moldeables, y sobre los que los demás abusan. De pequeños a los padres nos viene bien esto, pero cuando son adolescentes los referentes serán sus iguales y no nos hará tanta gracia", remarca Soler.

De hecho, llama la atención sobre el acoso escolar en un aula, donde hay un agredido, un agresor, y otros 20 alumnos que obedecen a la autoridad del agresor. "Necesitamos que los niños sean capaces de analizar la realidad que tienen alrededor y tengan pensamiento crítico, que sean capaces de protestar cuando algo no va bien. Si sólo educamos en la obediencia no les hacemos un favor para su futuro porque serán pasivas y obedientes y será un problema para ellos", agrega.

A su vez, si les estamos constantemente riñendo, el psicólogo avisa de que esto puede hacer mella en su autoestima del niño, e incluso destrozarla. "Si constantemente les estamos señalando lo negativo tendrán un concepto bastante pobre, su autoestima será baja, y la percepción que tengan del éxito que van a tener al hacer algo nuevo será baja también", tal y como mantiene.

Por ello, apuesta por que los padres sean capaces de moderar sus comentarios y juzgar menos a sus hijos, y opten por centrarse más en aquellas acciones concretas que requieren ser trabajadas y solucionadas. "Los padres lo hacen con la mejor de las intenciones, pero si sólo le señalas que lo negativo es lo único que existe, y es lo único que hay en el mundo. Tenemos que ser justos e igual que señalamos cosas que deben ser modificadas, también debemos mostrarles lo positivo porque así les descu res qué es lo que deben repetir y se reforzará su autoestima. Se debe intentar, por tanto, que haya un equilibrio, que las correcciones se hagan con el mejor tono posible, evitando generalizaciones y el señalando a la persona", sostiene.

En este punto recuerda que cuando alguien grita a otra persona realmente no es por lo que se ha hecho si no por los pocos recursos de autorregulación que tiene esa persona en cuestión. "Eso nos ocurre a todos, pero procuro ser consciente y trato de disponer recursos para minimizarlos, los gritos son normales y en un momento determinado se pueden hacer, pero siempre es algo a evitar", sentencia el psicólogo Alberto Soler.